En «La Apología de Sócrates», escrita por Platón, se narra el discurso que Sócrates realizó en su defensa ante un tribunal de jueces atenienses, en un proceso en el que se le acusaba de corromper a los jóvenes y de no creer en los dioses de esta ciudad. No existe una datación precisa de esta obra, pero se cree que fue la primera o una de las primeras obras “socráticas” de Platón y que probablemente fue escrita en su juventud.
El proceso y condena a muerte de Sócrates ha tenido una influencia muy importante en los autores que le siguieron y en el pensamiento occidental en general.
Discurso de Sócrates
En su discurso de defensa, Sócrates trata de demostrar que las acusaciones de Alcibíades y Critias (políticos atenienses que le habían seguido en su juventud), en las que se confunde a éste con quienes ponen en duda la existencia de los dioses atenienses, cuestionan la autoridad de los padres sobre sus hijos y relativizan las normas y costumbres de la sociedad, son infundadas. Estas posiciones eran típicas de los filósofos sofistas, y Sócrates fue uno de los principales críticos con estas ideas. Al ver los atenienses que Sócrates conversaba con ellos a menudo y que las técnicas que utilizaba eran muy similares a la que estos empleaban, es probable que se generara en parte de la población ateniense esta confusión.
El discurso consta de tres partes bien diferenciadas.
Primera
Sócrates se defiende de las acusaciones de los jueces argumentando que nunca ha cobrado por enseñar y que nunca se ha interesado por los “misterios del cielo y de la tierra”, como habían hecho anteriormente los filósofos de la naturaleza. Para su defensa Sócrates confiesa haber recibido una misión sagrada: “al ordenarme el dios […] que debo vivir filosofando y examinándome a mí mismo y a los demás”. Para ello debe buscar la verdad allí donde esté. Por ello critica a quienes se preocupan por los honores o las riquezas, y en cambio no se interesan por la inteligencia, la verdad o por cómo el alma puede llegar a ser lo mejor posible.
Sócrates opina que “esto lo manda el dios […] y yo creo que todavía no os ha surgido mayor bien en la ciudad que mi servicio a dios”. Considera además, que la virtud es el origen de las riquezas y del bien, por lo que el hombre debe buscar la virtud. Reconoce que seguramente esta actitud hacia sus conciudadanos le habrá generado muchos enemigos por haberlos “despertado, persuadido y reprochado uno a uno”. “Quizá, irritados, como los que son despertados cuando cabecean, dando un manotazo me condenan a muerte a la ligera”.
Sócrates reconoce que ha conversado con políticos, artistas, oradores, y que todos ellos creen saber mucho, pero que él en realidad es más sabio (como dijo el Oráculo de Delfos a la pitonisa Pythia), porque es el único que parece ser consciente de lo poco que sabe. Sócrates admite la existencia de seres sobrenaturales, intermedios entre Dios y el hombre: “Hay en mí algo divino y demoníaco […]. Está conmigo desde niño, toma forma de voz y cuando se manifiesta, siempre me disuade de lo que voy a hacer, jamás me incita”.
Segunda
Sócrates asume que ha sido condenado. La sentencia no es para él ni una sorpresa ni algo de lo que deba preocuparse: “a mí la muerte, si no resulta un poco rudo decirlo, me importa un bledo, pero que en cambio, me preocupa absolutamente no realizar nada injusto ni impío”.
De hecho, le queda aun la opción de aceptar su culpa y solicitar una pena menor al tribunal, pero Sócrates no se arredra y afirma que si alguna pena le conviene más a los atenienses ésta debería ser invitarle a ir a comer al Pritaneo, donde podían ir las personas a las que Atenas consideraba sus benefactores.
Justifica esta afirmación diciendo que “el mayor bien para un hombre es precisamente éste, tener conversaciones cada día acerca de la virtud”. Y que “una vida sin examen no tiene objeto vivirla”.
Tercera
En la tercera y última parte del discurso, Sócrates ya conoce la sentencia en firme de su pena de muerte. Afirma que no le ha extrañado la decisión sino que haya ganado por tan estrecho margen.
Advierte a los atenienses que “si pensáis que matando a la gente vais a impedir que se os reproche que no vivís rectamente, no pensáis bien. […] El (modo) más honrado y el más sencillo no es reprimir a los demás, sino prepararse para ser lo mejor posible”.
Por último, admite cierto tipo de “mediación divina o demoníaca” en su decisión de no defenderse de manera más acorde a sus intereses mundanos, dado que “la señal del dios no se me ha opuesto ni al salir de casa por la mañana, ni cuando subí aquí al tribunal, ni en ningún momento durante la defensa cuando iba a decir algo […] ¿Cuál pienso que es la causa? […] Es posible que esto que me ha sucedido sea un bien”.
De hecho, cuando la vida ha sido llevada con virtud, la muerte es un bien. Si el muerto no tiene sensación de nada, se entra en una ausencia similar al sueño que se convierte en una “ganancia maravillosa”. Por el contrario, si al morir se emigra a otras realidades, estará encantado de estar en compañía y poder dialogar con Orfeo, Museo, Hesíodo y Homero: “dialogar allí con ellos, estar en su compañía y examinarlos sería el colmo de la felicidad”.
Conclusión
En «La Apología de Sócrates» se ve con nitidez el pensamiento de este gran pensador en contraposición a los sofistas. Estos últimos utilizaban la oratoria y los razonamientos para conseguir el máximo provecho, olvidando toda objeción moral; por el contrario Sócrates utilizó su inteligencia para buscar la verdad y la virtud hasta sus últimas consecuencias, sin importarle el beneficio o el perjuicio inmediato que ello le pudiera ocasionar.
Hay otras muchas reseñas de La Apología de Sócrates en Internet, pongo al continuación una de ellas que me ha resultado especialmente interesante.
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